Lista de cosas inesperadas que aprendí el año pasado

La mirada de un gato cuando está muriéndose

El miedo a perder a alguien

La espera

La esperanza

El segundo principio de la termodinámica

Lo terrible que es no acordarse de una despedida

Lo aburrido que es ver un partido de béisbol

El olor del té chai

La poesía de Houellebecq

El punto muerto en escalada

Las despedidas que no son despedidas

El sonido del estonio

La noche en Kansas con la luz de los rayos

La melodía de una canción judía

Las etapas de peregrinación a La Meca

Lo que tarda en llegar una ambulancia

La matrícula de un coche cualquiera

El aspecto de una calle llena de velas

El aspecto de una plaza llena de zapatos

Los nombres de la guerra

El dolor

Y la alegría

El mismo día

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Quisiera que no tuvieras miedo de esta explosión que venimos retardando, que venimos negando. Los universos se crean así, como todas las grandes cosas, y habrá que explotar, porque si no mi cielo mi bonito cielo sería solo “el que hubiera sido”, ese que nunca olvidan los ancianos y con el que suspiran los muertos para parecer menos muertos.

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dos segundos

Contacto. Proyección. Caída. No pudo oír nada. Nunca entenderá cómo pasó.

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Quietud

garissa-university¿Quién puso el reloj al fondo de la clase?

Cada cinco minutos alguien se gira y lo mira.

No nos enseñan que no se puede esculpir la impaciencia con barro, y que no se puede estrujar lo infinito bajo una ley. Las vértebras del mundo serán cal y hueso podridos, pero eso tampoco nos lo enseñan.

La poesía será rugiente catarata. Sin ruido. Porque serán sordos los tímpanos de los intelectuales. Mañana volveremos a leer lo que escriben. Y a mirar nuestro reloj particular.

La vida le escribe a la muerte en Twitter: ¿Dónde estás, tiempo, que no te quisiste detener?

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Los habitantes del espejo (2012)

  1. Hacia El mundo feliz de Huxley

Dice Manuel Cruz que la grandeza de la filosofía no pasa por estar por encima de la historia, sino por hacerse cargo de ella. Se refiere a la constatación de que pensadores de los que nos separan más de veinte siglos se preguntaron por cosas que hoy siguen en la escena y sobre las que continuamos reflexionando, pensando. El autor de Filósofo de Guardia cree que la esencia última de la actividad de la filosofía es poner todo, absolutamente todo, en cuestión. Lo intrínseco al ser humano sería, más que el conocimiento, la necesidad de pensar, de saber a qué atenernos, en términos orteguianos[1].

Hoy día, el aceleramiento y la fiabilidad de las nuevas tecnologías han modificado la manera de comunicarse, de estudiar, de comprar, de informarse, de distraerse, de organizarse, de cultivarse y de trabajar de una buena parte de los habitantes del planeta. Sin embargo, esta revolucionaria transformación beneficia sobre todo a los países más avanzados, y la fractura digital acentúa la tradicional brecha Norte-Sur al igual que la desigualdad entre ricos y pobres. La cohesión digital del planeta sigue en el aire y el control que ejercen sobre internet muchos estados autoritarios y otros que presumen de no serlo, como EEUU, permiten pocos avances sobre el problema del control de internet. El planteamiento a favor de una gestión multilateral, transparente y democrática, defendida por el inventor de la World Wide Web, el físico británico Tim Berners-Lee, de transferir esa responsabilidad a una instancia especial de Nacionas Unidas, sigue en el limbo y Washington alega que sólo la gestión del sector privado garantiza que siga siendo una herramienta de libertad[2].

A pesar de que la seguridad de las redes se ha convertido en un desafío primordial debido a que numerosos conflictos geopolíticos o financieros se desarrollan en su seno, proyectos de éxito demuestran que internet es un espacio constructivo abierto a iniciativas provenientes de la base social y que permite a la humanidad constituir, a una escala jamás vista, un verdero dominio público de la información y el conocimiento, el cual se entremezcla y difiere de diversas maneras con esa concentración cada vez mayor del ámbito privado. Empresas como Google o Twitter se congratulan de que en sus sitios web se defiendan los derechos humanos en Birmania, en Egipto o en Wall Street. No obstante, todavía se ocultan cuando venden material de vigilancia electrónica a esos países o en materia de condiciones de trabajo u omiten la extraordinaria capacidad de las empresas de informática y de los estados para confinar a los ciudadanos en sistemas cerrados.

En medio de esta profunda transformación de las sociedades que modifican nuestra relación con lo político y con lo humano, tenemos pocas respuestas respecto a un futuro cambio antropológico y sólo una certeza: el constante aumento de la velocidad a la que se extiende la red.

Pero no sabemos si de la nueva esfera planetaria de la información emergerá una humanidad más solidaria o una multiplicación de los conflictos de identidad, ni si la revolución tecnológica beneficiará más al mantenimiento del orden por el control de las poblaciones, o a su oposición.

Kant, al investigar los fundamentos de la ética en su Crítica de la Razón Práctica, aspiraba a demostrar que la razón moral que habita en el interior de toda persona seguía una ley central. Decía: Obra siempre de manera que puedas desear que tu comportamiento se convierta en legislación universal. El poder tergiversa y degrada el lenguaje cotidiano. Quien controla las palabras controla las herramientas mentales que organizan la formulación de normas, clasificaciones, nomenclaturas, percepciones e interpretaciones, que a su vez inducen modelos de acción, estrategias y políticas.

Casi sin percatarnos nos estamos sumergiendo en una nueva civilización, una nueva forma de vida que va a marcar nuestro devenir. Las comunidades virtuales son uno de los primeros pasos que estamos observando. Un nuevo escenario en el que se desarrolla la socialización del siglo XXI. En un brevísimo periodo de tiempo, estos soportes han pasado de ser un reducto de extravagantes fanáticos a nuevas vías de expresión para convertirse en el ágora de las nuevas generaciones. En un tiempo de cambios, los hábitos sociales y las pautas de comportamiento humanas seguirán siendo humanas, pero condicionadas por unos recursos tecnológicos que nos están facilitando la vida y abriendo nuevos medios de expansión antes desconocidos. Según la ciberantropología[3], en este tercer milenio en el que la tecnología de la información domina nuestras vidas, los aspectos sociales primigenios no van a desaparecer.

Hoy en día, muchos de los avances tecnológicos que parecen maravillosos, el Google Street View, por ejemplo, provocan que estemos controlados en todo momento. Esas nuevas tecnologías han fomentado el uso de métodos cada vez más opresivos, de vigilancia, control y restricción de las libertades individuales. Los coches de Google Street View han recorrido millones de kilómetros fotografiando calles y paisajes en unos cuarenta países del mundo. Una tecnología que, sin embargo, ha cambiado la forma en que nos relacionamos con el mundo exterior. Para nosotros, los jóvenes, es difícil recordar un tiempo en que se usaban mapas de papel. Street View ya ha cambiado la forma en que la gente conoce los lugares y el cómo interactuamos con el mundo físico. Los usuarios la usan como guía extendida y, al hacerlo, entienden el entorno de manera distinta. Ello implica un mecanismo rutinario de comportamiento y desechar viejos modelos: confiar en nuestros sentidos o preguntar a desconocidos. Esta es, sin duda, una experiencia más provechosa. Aunque todavía hay que resolver problemas de privacidad, lo que definirá “lo que hacemos” dependerá de quién es el dueño de estos datos y de si la gente puede elegir aparecer o no en estos mapas.

¿Por qué las sociedades democráticas son cada vez más receptivas a las nuevas técnicas de vigilancia? ¿Estamos ante la atenta mirada del “Gran Hermano”? Creo que la excepción ha irrumpido en la normalidad. El miedo a los atentados lo justifica todo. En Estados Unidos, la ley Patriot Act, aprobada durante la administración de George W. Bush, legaliza prácticas como las escuchas, los registros, las incautaciones de ordenadores, el acoso. Todo ello en manos de la policía, sin necesidad de ningún juez. Las compañías telefónicas, los bancos, las agencias de viajes, o incluso las bibliotecas están obligadas a proporcionar información sobre sus clientes. Esto quiere decir que la guerra sin cuartel ha quedado legitimada como guerra justa, ignorando el derecho internacional y la idea misma de civilización.

Los avances tecnológicos nos permiten eliminar al “enemigo” allí donde quiera que esté, con tan solo apretar una tecla, como si de un videojuego se tratara. La tecnología, en este sentido, no estaría a la merced de la paz sino de una guerra completamente desproporcionada, en la que, a diferencia de hace dos mil años, los muertos se sumarían exponencialmente en el bando que no la posee. Sin que ello lleve a ninguna reflexión de hacia dónde vamos.

No en vano, lo acostumbrada que está la gente a darle a la tecla “sí” la pone en el disparadero. Dice un viejo dicho de internet que si tú no pagas por un producto es que tú eres el producto. Las cookies han pasado de rastrear ordenadores a seguir a usuarios y Facebook analiza no sólo los datos biográficos y los “Me gusta” (vendemos nuestra alma inmortal al diablo, voluntariamente), sino también las relaciones entre los usuarios. Las cookies son la sangre de internet y todo el volumen de información que recogen (el big data) se procesa y se usa en grandes centros de computación con técnicas muy complejas llamadas “minería de datos” (data mining). Saben nuestro sexo, nuestra edad, nuestra marca de ordenador, de móvil, desde dónde nos conectamos, idiomas que hablamos, páginas que visitamos y el tiempo que empleamos en ello, intereses, horas de conexión, forma de pensar, creencias, nivel de ingresos… Nuestra información más íntima está en la red y se usa con fines comerciales pero también para delinear las campañas políticas.

Para colmo de males, morir en internet no es nada fácil. En 2011, Facebook perdió alrededor de 1,7 millones de usuarios por fallecimiento y Twitter también se quedó sin los mensajes de centenares de muchos miles. Y la pregunta que me hago es: ¿qué pasa con lo que queda en la nube una vez hayamos muerto? No cabe duda de que seguirá acudiendo a ella, a no ser que nadie lo remedie, más “gente” que al cementerio.

  1. Entre el espanto y la cordura

Las nuevas tecnologías no se corresponden con la barbarie que sigue instalada en la humanidad. José Luis Sampedro nos recuerda que en pleno auge de la cibernética, nuestra nave espacial, la Tierra, y la familia humana no se han liberado de la esclavitud y que los adelantos técnicos han contribuido a ello. No hemos aprendido a vivir, necesitamos recuperar el arte de vivir. Necesitamos tiempo libre para vivirnos, para hacernos a nosotros mismos, para saber lo que somos. Tenemos el deber de vivir y desarrollar nuestras potencialidades. Urge recuperar la dignidad del ser humano, la libertad, que hay que ejercer con igualdad y con fraternidad, en el sentido laico de la revolución francesa. El sistema ya no tiene ideas, está agotado. Los gobiernos no poseen ya libertad. Necesitamos un desarrollo hacia adentro, no el que nos proponen, que es insostenible. Lograr el pensamiento libre es indispensable para todo. Así habría ciudadanía. Un pensamiento propio para construir la humanidad. Sí, tenemos el deber de ser libres y de vivir sin miedo.

Creo que la tecnología ha contribuido poderosamente a darnos la idea de que cada vez somos más libres para pensar, para crear. Disponer de la información al instante no nos hace mejor informados. Hemos visto, párrafos arriba, el control que comienza a ejercerse en un mundo mecanizado. Pero mal haríamos en creer que destruyendo los avances tecnológicos estaríamos mejor. Como bien relataba Marx, haciendo referencia a las luchas de los obreros contra las máquinas, a finales del siglo XVII y principios del XVIII[4], no se trata de ir contra ellos, sino más bien de identificar la mano invisible que las mueve para robarnos los resquicios de probable libertad de pensamiento y darles un contenido diferente en provecho de esa misma libertad.

De hecho, en 2008, Correcaminos hizo honor a su nombre. Este ordenador creado por IBM para el Laboratorio Nacional de Los Álamos en Nuevo México (lugar de nacimiento de la bomba atómica) se convirtió en el primero en realizar mil billones de operaciones por segundo, pero pronto quedó atrás. Y la lista del Top 500, la clasificación bianual que designa a los ordenadores más potentes del planeta, dio el primer lugar a Sequoia y después a Titán, con 27 mil billones de operaciones por segundo. Las aplicaciones en farmacia, climatología, prevención de catástrofes, simulación humana, diseño, etc., son infinitas. Lo que debería estar a favor de todos los derechos fundamentales y sociales de cada individuo y de toda la sociedad en general.

¿Hasta dónde puede llegar la tecnología? Las pantallas de 360º son capaces de “llevarnos” a lugares nuevos para intentar acabar con nuestra incredulidad y hacen que la respuesta sicológica sea muy similar a la que se da en la vida real. Todos sabemos que este tipo de experiencias tiene un gran potencial para los videojuegos… Lamentablemente, también para algunos negocios, como el entrenamiento militar, donde los soldados pueden hacer cosas que no se les permite llevar a cabo en situaciones de paz con munición real. Los ejércitos van más allá y piden que en los entrenamientos haya olor y sonido, como el olor del vómito o de la sangre, o el ruido de un helicóptero aterrizando. Demasiado lejos del libro de texto y la pizarra. Pero el potencial para el desarrollo humanista es inmenso. Se podrían eliminar los zoológicos y también se podría estudiar y analizar la historia reviviendo los sucesos, como por ejemplo, el tiempo de los dinosaurios, la vida en la Roma antigua, la erupción del Vesubio, la batalla de Trafalgar… con sus protagonistas y su forma de vida, o, en perspectiva, la vida en el espacio extraterrestre o en el futuro. Por otro lado, también puede rendir servicio a la medicina, conjugando sabidurías de médicos ubicados en las antípodas que puedan resolver casos complejos a pesar de la distancia. Es decir, estar al servicio del ser humano y no al revés.

  1. ¿Quién nos escucha gritar en el espacio?

El Papa emérito Bendicto XVI se despide manteniendo que el vacío de la razón lo llena la fe. Lo que queda fuera de la ciencia confirmaría que debemos apelar a otras entidades no naturales. De ahí que aún nos quieran hacer ver las religiones como distintos modos de responder a esa realidad última. Pero el núcleo teológico me es ajeno y atiendo a mi propia verdad, tan buena como la de los demás.

Es más, ya están aquí los Nuevos Dioses, los nuevos imaginarios colectivos a escala planetaria que se han ido desplegando sin resistencias. El entramado de los medios de los que se sirven las estructuras de poder para garantizar la gobernabilidad de las distintas sociedades así como para domesticar sus potenciales rebeldías. Es la tercera piel[5], de la que aún desconocemos qué efectos tendrá en el previsible colapso del modelo actual de las próximas décadas.

Ante este panorama tan inquietante, deberíamos echar la vista atrás y desprendernos del proceso de actividad permanente que obstaculiza el desarrollo de nuestra imaginación. ¿Por qué no? Volvamos a perder el miedo al vacío y dejemos que los niños se aburran. Démosles tiempo para no hacer nada. Tiempo para imaginar y perseguir sus propios procesos de pensamiento o asimilar sus experiencias a través del juego… O, simplemente, observar el mundo que les rodea.

[1] Cruz, Manuel –¿Le importaría preguntarme otra cosa? El País, martes 19 de marzo de 2013, pag. 33

[2] Ramonet, Ignacio –El nuevo orden internet. Le Monde Diplomatique, Nº 99

[3] Vázquez, Alfonso: Ciberantropología: cultura 2.0, Barcelona, 2009.

[4] “…ataques de los medios materiales de producción para dirigirlos contra su forma social de explotación”. Marx, Carlos – El Capital. Tomo I. Ed. Progreso, 1973. Pag. 380.

[5] Fernández Durán, Ramón –Tercera piel. Sociedad de la imagen y conquista del alma. Barcelona, 2010.

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tengo frases como argucias

Kaspar de Peter Handke fue una obra que me chocó bastante. Fui a verla al Teatro de La Abadía, y entre los dos actos pude conocer al director, Roberto Ciulli, que logró trasladarme hacia una parte desconocida de mí. El caso es que, al estar sola, no pude evitar curiosear entre la masa de gente y las miradas inquietas. Esa claridad que solo se tiene con la soledad, en el centro mismo de las multitudes que dicen mucho y poco a la vez. No era una obra para ver con alguien. No si querías entender lo que es posible hacerle a alguien, hablándole. Tal vez con alguien capaz estar a tu lado sin necesidad de hablar, solo de observar a los demás. Algún tipo de contacto por el estilo. La obra podría llamarse Tormento Verbal, porque realza todas las formas de hablar sin hablar en las que cotidianamente nos sumergimos, porque subraya el sinsentido de lo apuntado. Voces telefónicas, voces en el metro, voces de radio y televisión, voces en notas de voz, voces sin voces y voces que hablan por no sentirse incómodas.

Me hizo pensar sobre la necesidad de encontrar una voz que sepa silenciarse conmigo y que sepa decir cuando quiera hacerlo.

Hoy recupero un fragmento del texto:

Quisiera ser como aquel
que otro ha sido una vez.

A 1. Ya tienes una frase con la que puedes lograr que los demás te noten, te puedes hacer notar con la frase en lo oscuro para que no te tomen por un gato en la noche. Ya tienes una frase con la que puedes decirte a ti mismo lo que no puedes decir a los demás. Ya tienes una frase con la que puedes negar tu misma frase.A 2. La frase te es más útil que una palabra. Una frase puedes decirla hasta el final. Con una frase te puedes poner cómodo. Te puedes entretener con la frase, y haber, entre tanto, avanzado unos pasos. Puedes hacer pausas con la frase. Puedes enfrentar una palabra a la otra: comparar una palabra con la otra. Sólo con la frase, no con una palabra, podrás tomar la palabra.A 3. Puedes hacerte el tonto con la frase. Con esta frase te puedes afirmar frente a otras frases, y para abrirte paso, dar un nombre a todo lo que te cierra el paso; hacerte familiares todos los objetos. Puedes, con la frase, convertir todos los objetos en tu frase. Con esta frase te pertenecen todos los objetos. Con esta frase son todos los objetos tuyos.A 4. Para resistir. A 1. Una frase para despistar. A 4. Tienes una frase con la que puedes contar una historia. A 1. Tienes una frase que puedes masticar cuando estás hambriento. A 4. Una frase con la que puedes hacerte el loco, con la que puedes volverte loco. A 1. Una frase para estar loco. A 4. Para seguir loco. A1. Una frase para pasearte. A4. Para confundirte. Al. Para vacilar. A 4. Para contar tus pasos.A 3. Tienes una frase, que puedes decir desde el principio al fin, y desde el fin al principio. A 1. Tienes una frase para afirmar y negar. A 2. Para renegar. A 1. Tienes una frase con la que puedes cansarte y espabilarte. A 3. Con la que te puedes vendar los ojos. A 2. Tienes una frase con la que puedes poner en orden cualquier desorden. A 1. Con la que puedes calificar de orden relativo cualquier desorden mayor. A 2. Con ella puedes declarar desorden cualquier orden, ponerte a ti mismo en orden. Borrar todo desorden. A 3. Ya tienes una frase que te puede servir de ejemplo. A 2. Una frase que puedes colocar entre ti y todo lo demás. A 1. Tú eres dueño dichoso de una frase que te hará posible cualquier orden imposible y cualquier desorden real y posible, imposible. A 2. Que te extirpará cualquier desorden.A 1. No puedes ya imaginarte nada sin la frase. Sin la frase no puedes ver ningún objeto. No puedes dar ni un paso sin la frase. Puedes acordarte con la frase, porque en el último paso dijiste la frase, y puedes acordarte del último paso, porque dijiste la frase.
A 4. Puedes oírte. Te vuelves atento, atento a ti mismo con la frase. Te vuelves atento a ti mismo. Tropiezas con algo, algo que interrumpe tu frase, algo que te permite estar atento al hecho de que has tropezado con algo. Te vuelves atento. Puedes volverte atento. Estás atento. A 2. Aprendes a pararte con la frase, y con la frase aprendes que te paras. A 3. Y con la frase aprendes a oír. Y con la frase aprendes que oyes. Y con la frase aprendes a dividir el tiempo en el tiempo anterior y posterior a decir la frase, y aprendes con la frase que divides el tiempo. A 1. Como aprendes con la frase que estabas en otra parte, al decir por última vez la frase. A 3. Como aprendes ahora, con tu frase, que estás en otra parte.A 2. Aún puedes agazaparte tras la frase: esconderte, renegarla. La frase puede aún significarlo todo.
(…)
Mucho tiempo pasé
en el mundo
sin comprender nada.
Lo evidente me asombraba
y encontraba grotesco
lo finito y lo infinito.
Dormía profundamente
con los ojos abiertos.
Me encontraba
como ebrio
en mi inconsciencia.
Sumergido
en aquel mar
de frases
nunca pensé
que me concerniesen.
He aprendido
a llenar con palabras
lo que estaba vacío
y he aprendido
quién era quién
y cómo calmar
con frases
lo que gemía.
Para cada grieta
en mi vida
tengo frases
como argucias
que me ayudan
a salir del paso.
Y con la frase aprendes a hablar.
Y con la frase aprendes que hablas. Y con la frase aprendes que dices una frase. Y con la frase aprendes a decir otra frase, al igual que aprendes que existen otras frases. Igual que aprendes otras frases. Y aprendes a no aprender. Y con la frase aprendes que existe el orden.  Y aprendes orden.
Y entras en el orden.
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sueño sin título

Estábamos en un museo que daba al mar. Era un museo cantado, con un elenco de actores que escenificaban su contenido como si fuera un musical. En un momento dado tuvimos la necesidad de estar a solas y se nos ocurrió salir del recorrido y seguir visitando el museo por nuestra cuenta. Nos deslizamos por los laterales, escondiéndonos tras biombos cuando en nuestro camino coincidíamos con el personal del museo. En una sala con una gran ventana sin cristal saqué el brazo por la apertura y lo hundí en el mar con la intención de recoger agua en el cuenco de mi mano. Para mi sorpresa, el líquido resultó ser algo gelatinoso. Al sostenerlo en la mano, la parte líquida y transparente se fue escurriendo entre mis dedos y quedó en mi palma un tembloroso pedacito de mar de tres colores: azul turquesa, azul cobalto y verde altamar.

Con el encuentro de la música del mar y del museo bailamos despacio, separados pero frente a frente, girando sobre nosotros mismos en figuras imposibles, como bailarines de una caja de música que estuviera agotando sus pilas. Yo tuve sed. Con un frasquito vacío recogí agua de mar por la ventana y la fui bebiendo poco a poco. Sabía un poco salada, pero también algo dulce. Entonces me di cuenta de que en el frasquito había contenido edulcorante, y yo estaba bebiendo una bebida isotónica.

310732_273981315974758_100000886743762_846755_2038336565_nTú querías escuchar el mar de cerca, pero no sabías si podrías soportarlo. Sumergiste una oreja en el agua hasta la mitad de la cara y el sonido misterioso del mar salió al aire por tu otra oreja. De esa forma yo escuché contigo a través de ti. No podías soportar la intensidad del océano por mucho tiempo, y por ello cada pocos segundos sacabas tu oreja del agua y nos reíamos los dos a carcajadas para liberar tensión.

Así escuchamos el lamento del mar y de sus criaturas durante un buen rato, conscientes de que ese momento no iba a volver más.

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